• JORGE Plaza Bárcena

La ‘Iª Guerra Carlista’ y el paso del rey por Las Caderechas (1837)


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El XIX fue un siglo convulso, en el que España se debatió entre los apegados a las tradiciones y quienes deseaban un nuevo orden liberal. La Bureba volvió a ser escenario de combates bélicos y Las Caderechas territorio de tránsito para las tropas, con un visitante “real” de excepción.

INDICE

1. Guerras civiles del siglo XIX 2. Primera Guerra Carlista (1833–1840) 3. Guerra en la comarca de La Bureba 4. Expedición Real de 1837 5. Agotamiento carlista y fin de la guerra


El derrocamiento definitivo de Napoleón, tras la batalla de Waterloo, y el nuevo panorama europeo resultante del ‘Tratado de Viena’ (1815), supuso una vuelta al orden absolutista anterior a las guerras revolucionarias francesas (de finales del siglo XVIII) y a las contiendas contra las amenazadoras políticas bonapartistas, de comienzos del siguiente.

Este retroceso ideológico y político no condujo en ningún caso al fin del “sueño liberal”, cuyas ideas basadas en: los derechos individuales, la soberanía nacional y la separación de poderes; habían calado irremediablemente en la sociedad europea de la época.

Imagen: “ La promulgación de la Constitución de 1812”,

de Salvador Viniegra (1912).


Muy al contrario y a partir de ese momento, el ideario revolucionario resurgirá de manera recurrente durante toda la primera mitad del siglo XIX, iniciándose con las guerras de independencia de las colonias americanas y continuando en España con el pronunciamiento de Riego y el restablecimiento de la Constitución de Cádiz durante el ‘Trienio Liberal’ (1820–1823).


1. Guerras civiles del siglo XIX

Las guerras civiles que tuvieron lugar en España a lo largo de todo el siglo XIX, son popularmente conocidas como “Guerras Carlistas”. Fueron un total de tres contiendas y varios alzamientos militares, que manifestaban como principal razón (aparente) la disputa sucesoria por el trono.

Sin embargo, estas contiendas civiles representaron la expresión más cruenta del choque ideológico de la época, entre absolutistas apegados a las viejas tradiciones y los liberales partidarios de un nuevo orden social, económico y político.

Los carlistas’ (también denominados ‘reales’ o tradicionalistas) eran seguidores del infante Carlos María Isidro de Borbón y su línea sucesoria. Encarnaron la posición política más reaccionaria, defendiendo la monarquía absolutista, el foralismo singular de los territorios y el catolicismo más conservador (bajo el lema: «Dios, Patria, Rey»).

Imagen: “Carga del Escuadrón Real de Carlos VII”,

de A. Ferrer-Dalmau (2008).


Tuvieron los ‘carlistas’ sus principales bastiones emplazados en la mitad Norte del país, especialmente en: País Vasco y Navarra, (el interior rural de) Cataluña, el Bajo Aragón y la comarca del Maestrazgo (entre Teruel y Castellón). También recibieron apoyos en el Sur, en zonas como: Extremadura, La Mancha, Sierra Morena y la serranía de Ronda.


2. Primera Guerra Carlista (1833–1840)

La ‘Primera Guerra Carlista’ (o Guerra de los Siete Años) enfrentó a los partidarios del infante Carlos María Isidro, hermano del monarca Fernando VII y denominados por ello ‘carlistas’, con los conocidos como ‘isabelinos’ o cristinos, defensores de los derechos de la reina niña Isabel y de la (por entonces) regente del reino, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias.

El inicio del reinado de Isabel II y la regencia de su madre tuvo un carácter ‘absolutista’ moderado, heredado del reinado de su progenitor; que acabó convirtiéndose en manifiestamente ‘liberal’, con el fin de obtener el apoyo popular y sumar adeptos a la causa ‘isabelina’.

Imagen: “Desembarco de SM Fernando VII en la isla de León”,

de José Aparicio (1827).


2.1 Causas de la contienda

Tras varios cambios de opinión y poco antes de su muerte, el rey Fernando VII aceptó y publicó definitivamente la ‘Pragmática Sanción que dejaba sin efecto el ‘Reglamento de Sucesión’ de Felipe V (conocido como “Ley Sálica” franca) que excluía la sucesión femenina al trono de España.

Se restablecía de esta manera la tradición castellana según la cual, las hijas del rey difunto podían acceder al trono en caso de morir éste sin hijos varones.

El infante Carlos María Isidro (en adelante, Don Carlos) se negó a reconocer a la infanta Isabel como ‘Princesa de Asturias’, por considerar ilegal la derogación del ‘Reglamento’, y mediante el ‘Manifiesto de Abrantes’ hizo público su derecho a la sucesión.

Tras la muerte del monarca, el mismo 29 de septiembre de 1833, la princesa -de tan sólo 3 años de edad- fue proclamada reina de España bajo la regencia de su madre María Cristina, avocándose (a partir de ese momento) el país a una gran guerra civil.

Retratos: infante ‘Don Carlos’ y la regente ‘María Cristina’,

de Vicente López.


NOTA: la cuestión dinástica no fue la única razón de la disputa. Tras un reinado reaccionario, Fernando VII permitió -en los últimos años- ciertas reformas que crearon desafección en el sector conservador más exaltado, encontrando en Don Carlos un valedor para su causa.

Las filas ‘carlistas’ se engrosaron (entre otros) de gran parte de la nobleza rural dependiente de las rentas agrarias, así como de importantes sectores medios y bajos de la jerarquía eclesiástica.

A éstos había que añadir una masa popular, compuesta por artesanos apegados a las ‘ordenanzas de gremios’ y pequeños campesinos (propietarios y arrendatarios) que se veían negativamente afectados por las amplias reformas planteadas por los ‘liberales’.

2.2 Inicio y desarrollo de la Guerra

El pronunciamiento ‘carlista’ de octubre de 1833 triunfó en ciertas zonas de la geografía nacional, con especial intensidad en el País Vasco y Navarra. En estos lugares, las Diputaciones Provinciales no habían disuelto los cuerpos de ‘Voluntarios Realistas’, encargados de vigilar al Ejército y de combatir cualquier conato de liberalismo.

El medio rural y las pequeñas ciudades de estos territorios (no las capitales) respaldaron mayoritariamente a Don Carlos, gracias al apoyo dado desde los púlpitos por el clero local y a la suposición de ver amenazados los tradicionales fueros por los que se venían rigiendo.

Imagen: “ Don Carlos, Zumalacárregui y el Estado Mayor”,

Zumalakarregui Museoa (1837).


En el otro bando, los liberales y absolutistas moderados se unieron para apoyar a la regente María Cristina y a la joven reina. Los ‘isabelinos’ o cristinos controlaban la mayor parte del territorio, las principales instituciones del Estado y los mandos del Ejército.

Éstos recibieron (además) un mayor respaldo internacional, con el apoyo del Reino Unido, Portugal y Francia; en forma de créditos para el Tesoro, el control de las fronteras y el envío de fuerzas militares para la lucha.

NOTA: en Castilla la Vieja, fueron las provincias de Burgos y Soria donde más éxito tuvo la insurrección ‘carlista’, movilizándose un total de 10.000 voluntarios, al mando de Jerónimo (el cura) Merino y de Ignacio Alonso Cuevillas.

La primera fase de la guerra (1833–1835) tuvo un carácter regional y se caracterizó por la conformación de los ejércitos y el afianzamiento territorial de los dos bandos en sus respectivas áreas de influencia.

Durante esta fase inicial, los ‘carlistas’ pusieron “en jaque” al gobierno cristino, organizándose en forma de guerrillas, favorecidos por el apoyo popular y extendiéndose por todo el Norte de la península, desde Galicia hasta la costa mediterránea.

Gracias a la acción del General Tomás Zumalacárregui, se logró unificar a los distintos grupos guerrilleros y conformar un verdadero ejército ‘carlista’ en el frente Norte, de unos 25.000 hombres. Mientras, el General Ramón Cabrera hacía lo propio en los frentes orientales de Aragón-Valencia y Cataluña.

Imagen: “General Cabrera en Morella”, de A. Ferrer-Dalmau.


2.3 Pronunciamiento castellano

El 10 de octubre de 1833, la ‘Junta Carlista de Burgos’ consideró oportuno actuar, manifestándose abiertamente en favor del auto-proclamado rey Carlos V. Se formaron los ‘batallones castellanos’ y nombró al mando de los mismos a Alonso Cuevillas, quien recibió (con este fin) el ascenso a brigadier.

Tres días más tarde (el 13 de octubre), entraba en Medina de Pomar el también brigadier: Juan Miguel de Echevarría. Canónigo de la catedral y segundo de Alonso Cuevillas, Echevarría lo hacía al frente de su columna de voluntarios riojanos. En Medina recibió el mando de nuevas tropas, entre las que se encontraba el ‘Batallón de Medina’ y otras unidades formadas en el entorno merinés y en La Bureba (Poza de la Sal, Briviesca…).

Además de los mandos del ejército, aparecen en este momento los nombres de ciertos jefes guerrilleros, como el de Carrión que con un escuadrón de 200 efectivos de caballería y 100 de infantería merodeaban por tierras de Los Altos, Sedano y Villarcayo.

Imagen: “Pronunciamiento monacal”, Zumalakarregui Museoa (1834).


3. Guerra en la comarca de La Bureba


La causa isabelina tuvo muchos servidores en La Bureba, como demuestra la formación en Poza de la Sal de un batallón urbano (o ‘Milicia Nacional’) compuesto de un centenar de voluntarios para proteger la villa contra los rebeldes ‘carlistas’. No llegaron nunca a entrar en combate.

Fueron también muchos, en la comarca, quienes se mostraron abiertamente simpatizantes del carlismo. Así, se formó el cuerpo de ‘Voluntarios Realistas’ de Poza de la Sal, integrando el ‘12º Batallón’, cuyo comandante fue José Temiño.

Mientras, en Briviesca se constituyó el ‘15º Batallón’, bajo el mando del comandante Pedro Cadiñanos. Ambos batallones se integraron en la ‘2ª División’ del ejercito ‘carlista’ bajo el mando del Brigadier Juan Miguel de Echevarría.

NOTA: poco después del alzamiento, el ejército ‘carlista’ exigía la entrega de ⅔ de los ingresos del santuario de la ‘Virgen de Pedrajas’, para atender a sus voluntarios. En otras ocasiones eran los ‘isabelinos’ los que reclamaban dinero para la ‘Milicia Urbana’, lo que conllevó la venta de buen número de objetos valiosos.

Santuario de la ‘Virgen de Pedrajas’, en Poza (imagen propia).


3.1 El frente de La Bureba (1833)

El 18 de octubre de 1833, Echevarría adelantó su cuartel general hasta Poza desde Medina de Pomar, con la intención de contribuir al bloqueo de la capital burgalesa que se mantenía leal al gobierno cristino.

Desde Poza dirigió una proclama a los ‘Voluntarios Realistas’ de la comarca, invitándoles a sumarse al levantamiento. El 23 de octubre, la ‘Real Junta Superior Gubernativa’ (gobierno ‘carlista’) se trasladaba al monasterio de San Salvador de Oña para establecerse allí, al amparo de las fuerzas dirigidas por Echevarría.

Un día después, la entrada en la ciudad de Burgos del ejército ‘isabelino’ del General Sarsfield obligó a Alonso Cuevillas (y a su ‘1ª División’, del ‘Ejercito Real de la Rioja’) a abandonar su base establecida en Briviesca. El brigadier ordenó el repliegue del grueso de sus hombres hasta Pancorbo, mientras él se dirigía al frente de una columna a reforzar las posiciones ‘carlistas’ en Poza.

Panorámica de la villa y palacio de los ‘Rojas’ (imagen propia).


La promulgación de un indulto general (1933), por parte del gobierno ‘cristino’, produjo un gran efecto entre las tropas ‘carlistas’ acantonadas en La Bureba. Éstas sufrieron un gran número de abandonos, de manera que hasta 2.000 hombres regresaron a sus hogares.

La noche del día 29 de octubre, ante la (inminente) amenaza del ejército ‘isabelino’ y el número de deserciones sobrevenidas, Alonso Cuevillas ordenó la salida de sus tropas de Poza y Pancorbo, en dirección a Miranda. En su retirada Cuevillas pasó por Oña, donde se encontraba instalada la ‘Real Junta’, a la que pidió que se retirase a posiciones más seguras en la retaguardia.

A mediados de noviembre de 1833, la desbandada general y las derrotas infringidas por los ‘isabelinos’, pusieron punto final al levantamiento ‘carlista’ castellano. Sus mandos se vieron obligados a exiliarse o dirigirse a las provincias del Norte; mientras otros, como sucedió con el propio Echevarría, cayeron prisioneros y fueron fusilados.

Imagen: “Cruz en el camino”, de A. Ferrer-Dalmau (2011).


3.2 La ‘Expedición de Gómez’ de 1836

En diciembre de 1836, la ‘Expedición de Gómez’ pasó por las localidades de Salas de Bureba y Oña, en su camino de regreso hacia los cuarteles en el País Vasco. Se trataba de la expedición más larga y destacada de cuantas (alrededor de una decena) se emprendieron durante esta primera contienda civil.

La marcha comandada por Miguel Gómez Damas se inició en Amurrio, en el mes de junio de 1836. Se dirigió inicialmente hacia el Noroeste, con el fin de apoyar los focos ‘carlistas’ y fomentar la insurrección popular en este sector.

Imágenes: lanceros ‘isabelino’ (izda.) y ‘carlista’ (dcha.),

de A. Ferrer-Dalmau.


En su intención de desplazar el foco de la guerra a Asturias y Galicia, la expedición -formada inicialmente por tan sólo 3.000 hombres- tomó sin apenas resistencia las plazas de: Palencia, León, Oviedo y Santiago de Compostela.

No logrando los objetivos previstos y viéndose duplicado el número de efectivos, la ‘Expedición de Gómez’ dirigió (entonces) su atención hacia el Sur de la península. Siguió en su periplo un largo trayecto que les llevaría por: Albacete, Córdoba, Cáceres, Almadén y Algeciras; llegando -incluso- a las mismas puertas de Gibraltar.

4. Expedición Real de 1837


Con la finalidad de mantener ocupadas las tropas y de extender el conflicto a otras zonas del país (aliviando la presión ejercida sobre los bastiones tradicionalistas), se organizaron expediciones militares, durante todo el conflicto, que tuvieron un gran impacto popular y una amplia repercusión en la prensa europea de la época.

La ‘Expedición Real’ de 1837 salió de Navarra en el mes de mayo -con 12.000 hombres- y estuvo encabezada por el propio monarca pretendiente en persona (Don Carlos). La marcha se dirigió hacia el Este por los feudos ‘carlistas’ de Aragón, Cataluña y Valencia, pasando a continuación por Teruel; para terminar finalmente en Madrid, amenazando a la capital del reino con un gran ejército.

Imagen: “La toma de la Seu de Urgell”, de A. Ferrer-Dalmau (2011).


No consiguiendo amedrentar al gobierno cristino con la maniobra, los expedicionarios ordenaron una inesperada y (no el todo) bien organizada retirada hacia el Norte. Consecuencia de ello, las tropas ‘carlistas’ fueron derrotadas, el 19 de septiembre, por el General Espartero en Aranzueque (Guadalajara).

Tras un trayecto largo y accidentado, éstas lograron alcanzar finalmente territorio seguro, en los últimos días del mes de octubre de 1837.

4.1 Don Carlos en Las Caderechas

Durante su (atropellado) retorno hacia los bastiones en las regiones del Norte, la ‘Expedición Real’ pasó por distintos lugares de la provincia de Burgos.

En su tramo final y perseguidos de cerca por las tropas del General Lorenzo, que se adelantaron e interpusieron en el paso estratégico de Frías, los ‘carlistas’ se vieron obligados a cruzar el río Ebro por otro lugar distinto, eligiendo para ello el valle de Valdivielso.

En la jornada anterior a este acontecimiento, Don Carlos y su ejército hicieron parada en Poza de la Sal para proseguir, a continuación, en su huida por los caminos de La Bureba y de Las Caderechas.

Pocos años después de terminada la contienda, el historiador Antonio Pirala relataba los hechos de la siguiente manera:

«Por Santa Eulalia y Rojas a Los Barrios de Bureba el 23 de octubre de 1837. Pensaba descansar Don Carlos en este pueblo; pero sabe a las nueve de la noche la proximidad del enemigo que se había apoderado del paso del Ebro, y se varía el plan de marcha; apurado el carlista con el incesante amago de los liberales, se vuelve a andar a la una de la noche por malos caminos. Ya en la madrugada, a las dos de la mañana, abandona se encamina a la villa de Terminón, siguiendo a marchas forzadas por los precipicios anejos a la villa de Cantabrana, cruzan esta villa dirigiéndose a Herrera, alcanzando a las siete de la mañana las montañas de Condado.» (A. Pirala).

Con esta maniobra, el mando de la ‘Expedición Real’ pretendía sorprender a las tropas ‘isabelinas’, vadeando el Ebro por un lugar inesperado, siguiendo para ello una ruta a través del valle de Caderechas poco frecuentada y casi desconocida. Sin embargo, esta opción resultaba más rápida y directa que la (convencional) alternativa, por los tortuosos pasos del ‘desfiladero del Oca’ y la ‘Horadada’.

«Cuando a las siete de la mañana, nos saludaron los primeros rayos de sol, me pareció sorprender en el semblante del canoso general, un gesto de satisfacción y una mirada de piedad para con sus soldados […] Las nubes, como si huyeran de los rayos del sol, se iban precipitando hacia los abismos, a nuestros pies; Solo tres o cuatro hombres en fondo cabían sobre el precipicio, no podemos movernos ni adelante ni atrás.» (W. V. Rahden).

El paso por el que se aventuraron, la madrugada del 24 de octubre de 1837, las tropas de la ‘Expedición Real’ (que así nos relataba el voluntario alemán, W. Von Rahden) es un estrecho y sinuoso “sendero” que -por el Sur- parte de la población de Madrid de las Caderechas y salva el desnivel de la sierra existente a sus espaldas.

Madrid de las Caderechas, desde la sierra de Tablones (imagen propia).


En su consiguiente descenso, este “sendero” comunica -por el Norte- con la localidad de Condado de Valdivielso, situada en la margen izquierda, una vez vadeado el río Ebro.

Esta ruta es conocida popularmente como las ‘Canales de Madrid’. Era tradicionalmente utilizada por los ‘arrieros’ del valle de Caderechas para comunicarse con la vecina comarca de Las Merindades, enlazando (a su vez) con la Montaña y costa cantábrica, con quienes ha unido desde siempre una larga relación.

Inscripción en la iglesia de Madrid: VIVA CAR†LOS (imagen propia).


Continuaba su relato Antonio Pirala, describiéndonos el resultado final de la atrevida maniobra emprendida por la ‘Expedición Real’ y el desconcierto, causado con ella, entre los mandos militares del bando ‘isabelino’ perseguidor:

«Badean el Ebro por los pontones de Población [de Valdivielso] y sin poderse parar aún para comer, siguió hacia Arroyo-Quecedo; Saben aquí estar tomando el boquete de Hocinos […] El general Lorenzo pasó ayer por Frías, con el objetivo de salir al encuentro del Pretendiente, que según las noticias que he podido adquirir parece que pasó el Ebro en el mismo día de ayer, 24 de octubre, por los puentes de Condado a salir a Quecedo, sin duda para caer a Orduña por el valle de Losa. Ignoro si el general Lorenzo le había podido dar alcance, y espero esta noche noticias positivas, para dirigir mi movimiento en el día de mañana.» (A. Pirala).

Imagen: “Diego de León y sus Húsares”, de A. Ferrer-Dalmau (2011).


5. Agotamiento carlista y fin de la guerra


El fracaso de la ‘Expedición Real’ de 1837 en su intento de derrocar el gobierno cristino, amenazando para ello la misma capital del reino, supuso la constatación de la incapacidad ‘carlista’ de imponerse en la contienda.

La derrota en Luchana (diciembre de 1836) puso fin al asedio ‘carlista’ de Bilbao, iniciado en el mes de junio de 1835 y en el que murió el General Zumalacárregui, auténtico líder y gran estratega del frente Norte.

Tras la frustración por el fracaso, apareció entre las filas ‘reales’ una facción, encabezada por el General Maroto, que apoyaba abiertamente el final de la guerra, viendo inalcanzable lograr la victoria para la causa.

Imagen:”El final de la batalla”, de A. Ferrer-Dalmau.


Se limitaron los ‘carlistas’ a defender “con uñas y dientes” el territorio que aún controlaban. Únicamente el General Cabrera logró poner a las tropas ‘isabelinas’ en serios problemas en la comarca del Maestrazgo, hasta los últimos días de la guerra.

El desgaste de los combates y las convulsiones internas abiertas, dentro de la corte itinerante de Don Carlos, llevaron a una de las facciones tradicionalistas a firmar la paz con el gobierno cristino. Ésta se resolvió, el 31 de agosto de 1839, mediante el ‘Convenio de Vergara’ y se escenificó con el abrazo entre los generales Maroto y Espartero.

El infante Don Carlos y al sector apostólico de los ‘carlistas’, personificado en la figura del General Cabrera, se negaron a aceptar lo firmado en el ‘Convenio’ de paz. De manera que la contienda se alargó en Navarra y el área levantina hasta julio de 1840, momento en el que fueron finalmente derrotados.

Mientras la guerra daba sus últimos estertores, el pretendiente se exilió en Bourges (Francia), para después acabar definitivamente en Trieste (Italia), donde falleció el 10 de marzo de 1855. Con su muerte, Don Carlos transfería los derechos sucesorios a su hijo Carlos Luis de Borbón y Braganza, quien persistió en la reclamación al trono (iniciada por su padre) y adoptó para ello el nombre regio de Carlos VI.


Nota del autor


Este artículo está dedicado a todos aquellos ‘arrieros’ y ‘trajineros’ caderechanos que cruzaban habitualmente la ruta de las “Canales de Madrid”. A través de ella, daban salida a los productos frutícolas del valle, camino de los mercados del Norte. Entre aquellos sacrificados hombres, a mi abuelo Emilio Bárcena Martínez (1901–1973).

Autor:

Jorge Plaza Bárcena

Fuentes:

“La Villa de Cantabrana S. XVIII-XIX y el 4º Batallón de Iberia-1812”, Molina Toledo, Rafael, Cantabrana — 2016.

“Historia de la guerra civil y de los partidos liberal y carlista”, Pirala, Antonio, Madrid — 1869.

“Andanzas de un veterano de la Guerra de España 1833–1840”, Von Rahden, Wilhelm, Berlín — 1851.

“Poza de la Sal y los pozanos en la Historia de España”, Martínez Archaga, Feliciano, Burgos — 1984.